Durante los primeros siete años de vida, el juego es el principal motor del desarrollo infantil. A través del movimiento, la imitación y la imaginación, niñas y niños construyen las bases de su cuerpo, su pensamiento y su vida emocional. Comprender qué necesita el juego en cada etapa permite acompañar la infancia de manera más consciente y respetuosa.
El juego libre, sin objetivos impuestos, les permite experimentar con los sentidos, moverse, crear y comprender las leyes naturales del entorno. A través de lo que tocan, imitan y representan, los niños desarrollan su pensamiento, su equilibrio emocional y su relación con los demás.
De 0 a 1 año: descubrir con los sentidos
El primer año es puro descubrimiento. Los bebés se relacionan con el mundo a través del tacto, el movimiento, el sonido y la vista.
Juguetes sencillos como sonajeros naturales, aros de madera o mantas de diferentes texturas estimulan los sentidos de forma segura y ayudan al bebé a reconocer su propio cuerpo en relación con el entorno.
A esta edad, el juego es repetición y asombro: cada gesto es una forma de aprender confianza y presencia.
De 1 a 3 años: imitación, movimiento y primeras construcciones
Entre el primer y el tercer año, el juego se transforma en acción.
Surge la imitación: los niños reproducen lo que ven en el mundo adulto —barrer, cocinar, empujar un carrito, hablar por teléfono.
Esta etapa fortalece la voluntad y la coordinación, permitiendo que el movimiento se vuelva más libre y seguro.
Los juegos de arrastre, los encajes, las primeras construcciones y los materiales que reaccionan al movimiento (rodar, caer, balancearse) ayudan a comprender la causa y el efecto, estimulando el pensamiento lógico y la relación entre intención y resultado.
En esta etapa, el movimiento, el equilibrio y la exploración corporal son fundamentales, y pueden acompañarse con juguetes de madera para el juego motriz que respeten el ritmo del desarrollo infantil.
De 3 a 7 años: imaginación, juego simbólico y cooperación
En esta etapa, la imaginación florece con toda su fuerza.
Los niños transforman su entorno: un trozo de tela es una capa, un palo es una varita, una caja es una casa.
El juego simbólico permite representar el mundo, comprender emociones, practicar roles sociales y desarrollar empatía.
A medida que crecen, también aprenden a compartir, a esperar turnos y a crear reglas comunes, dando los primeros pasos hacia la convivencia y la vida grupal.
Juguetes abiertos como muñecos de tela, bloques de madera, disfraces o estructuras para trepar acompañan este proceso con libertad y belleza.
A medida que el niño crece, el juego libre se vuelve central para desarrollar imaginación, autonomía y confianza, permitiendo que cada experiencia de juego surja desde el impulso propio.
El juego como fundamento del desarrollo
Diversas investigaciones confirman que el juego libre y activo es esencial para el desarrollo físico, emocional y cognitivo.
Según UNICEF (2018), el juego promueve el bienestar y la resiliencia, ayudando a los niños a procesar experiencias y fortalecer su autoestima.
La American Academy of Pediatrics (2018) señala que el juego sostenido en entornos seguros y afectivos estimula la creatividad, la capacidad de resolver problemas y la construcción de vínculos seguros con adultos y pares.
El juego, en definitiva, no se enseña: se vive.
Es una expresión de la vida misma, donde cada niño encuentra su ritmo, su equilibrio y su forma única de crecer.
Fuentes:
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UNICEF (2018). El poder del juego.
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American Academy of Pediatrics (2018). The Power of Play: A Pediatric Role in Enhancing Development in Young Children.
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Ginsburg, K. (2007). The Importance of Play in Promoting Healthy Child Development and Maintaining Strong Parent–Child Bonds. Pediatrics, 119(1), 182–191.
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Eliot, L. (2009). What’s Going On in There? How the Brain and Mind Develop in the First Five Years of Life.



